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Niñez en los Medios - Educación
Niños gitanos cumplen sueño de educarse en La Serena
Fecha: 08 de junio de 2014
Esperanza e inocencia. Todo en un lugar, la misma mañana. Fuimos hasta la escuela zíngara de La Serena, que comenzó a funcionar hace una semana y allí, entre carpas mojadas luego de un día de lluvia, descubrimos las historias de niños a los que hoy la sociedad les está dando una oportunidad.

Había sido una noche dura para la comunidad gitana. Y claro, las antiguas y en algunos casos maltrechas carpas emplazadas a un costado del Puente Zorrilla, en el terreno cedido por el municipio de La Serena, no resistieron del todo la prueba de fuego, la primera lluvia del invierno y el agua caída durante la madrugada del martes causó estragos en el campamento.

Cuando llegamos vimos de cerca esa realidad. El barro colmaba casi por completo los suelos donde habitan unas 50 familias de la colonia, las que desde temprano habían estado sacando desde el interior de las carpas los enseres y ropas que se mojaron. Vistosos vestidos pendiendo húmedos sobre las sogas a las 09:00 de la mañana y colchones apostados en lo que fuese, como buscando un poco de sol en ese minuto inexistente graficaban lo que se vivía en el lugar. Mujeres y hombres trabajando por recuperarse de la agitada noche.

Pero ahí estaban ellos. Desde temprano corrían detrás de una pelota por los terrenos, mientras los perros como fieles compañeros los perseguían, a ellos, al balón, a la nada.

Aguardaban a que el reloj marcara la hora exacta en la que debían entrar al aula, contentos, ansiosos, deseosos de aprender.

Y es que hace casi dos semanas la vida de decenas de niños integrantes de la comunidad zíngara en La Serena cambió para siempre, y para bien. En una experiencia única en Chile, los pequeños cuentan con una escuelita en donde se les entregarán los conocimientos para nivelar sus conocimientos y a fin de año puedan dar el examen que les permita reinsertarse en la educación regular. Todo esto financiado por el Ministerio de Educación, a través de un proyecto de la asociación educacional Trememn, apoyado por el municipio de La Serena y la Iglesia Adventista.

Sí. Allí estaban, aprovechando esta oportunidad. Pese a que las marcas del paso de la lluvia que aún no se alejaban. Pese al frío, allí estaban, esperando el llamado para ingresar a alguna de las dos estructuras de madera en las que se realizan las clases.

Había tiempo para conversar con ellos. No estábamos en el lugar como meros espectadores y quisimos conocer sus historias. La de los niños gitanos, aquellos tantas veces discriminados, a los que ahora se les presenta una opción en la vida.

ANTES QUE SUENE LA CAMPANA
Apenas llegamos al campamento, el pequeño Isaac Soto se hizo notar. Era el más inquieto de todos. No paraba de correr, saltar y jugar y no le importaba ensuciarse en la humedad del barro. Su voz, de niño ronco, con un tono típico gitano pareció acercarse antes que su cuerpo hacia nosotros cuando vio que nuestra cámara quería captar un instante de su vida. Él tiene 12 años y es uno de los beneficiados con este proyecto educativo. “Me gusta, me gusta esta escuela…”, dice escueto, y su timidez parece aflorar. “Yo los felicito (a los gestores del proyecto) por lo que están haciendo acá”, agrega, mientras a su lado uno de sus amigos deja escapar una risa nerviosa.

Isaac no tiene claro lo que quiere ser cuando crezca. Parece que aún no dimensiona lo que implica hoy en día tener sus estudios completos. Sin embargo, en su inocencia, sabe que lo que está haciendo lo beneficiará. “Yo quiero progresar, quiero seguir estudiando para poder ser algo, un comerciante”, dice el pequeño, cuya atención no logramos mantener por mucho tiempo. Ve correr un animal, un balón, un amigo, y no puede evitar ir tras de ellos.

Pese a que las clases aún no comienzan, algunos alumnos ya están en la sala. Los divisamos a lo lejos y vamos a su búsqueda. Allí encontramos a Cristián, también uno de los más traviesos, según más tarde nos contaron los profesores. “Yo quiero ser presidente”, arremete, intempestivo, el pequeño zíngaro, sin que se lo preguntemos, y siempre sonriendo. “Está bien que tengamos esta escuela, porque así aprendemos un poco y nos levantamos más temprano… yo vengo todos los días”, cuenta, mientras, a su lado, Johnny, mucho más tranquilo, asiente con la cabeza. “Yo también vengo todos los días”, afirma, mientras parece tratar de leer un papel entre sus manos.

Le preguntamos qué quería ser cuando grande, pero tampoco lo tenía claro. Y claro, este adolescente tiene metas, pero en el corto plazo. “Por ahora quiero aprender a leer, quiero ser estudiante, para trabajar”, asevera.

AMIGAS EN APRENDIENDO
En el campamento hay movimiento y en cada carpa parece haber un niño preparándose para ir al colegio. Pensábamos ir a una de ellas, pero en el camino encontramos a dos pequeñas que desde el martes hasta la fecha no habían faltado en ninguna oportunidad a la pequeña escuela del campamento. Se trata de Catalina y Teresa, de 11 y 13 años.

Van un poco atrasadas y lo saben. Por eso hay algo de nerviosismo cuando las abordamos. Pero no dejan de contarnos lo que ha significado para ellas estar en la escuela. “Aquí aprendo más. Antes había estado en otra escuela, pero no era lo mismo, por eso he venido toda la semana por que en esa semana aprendí mucho más que en la otra escuela”, asegura, siempre sonriente.

Ella, a diferencia de sus compañeros hombres, parece haber dimensionado mejor la oportunidad, y, con una madurez que impresiona, ya se proyecta hacia el futuro. “Cuando termine de estudiar acá quiero ir a la universidad y me gustaría ser profesora, para ayudarle a los demás. Eso me surgió ahora precisamente porque vi que los chicos no saben leer, no saben escribir… me gustaría ayudarlos”, dice.

Teresa observa a su amiga y parece compartir lo que dice. Ella llegó al campamento hace poco, desde Villa Alemana, y confiesa que allá no habría aprendido mucho. “Aquí enseñan más que allá (…) Allá me enseñaban a dibujar, a pintar, cosas así, pero acá están enseñando a leer, a escribir. Yo ya sabía un poco, pero no tanto”, cuenta Teresa, quien también comparte el sueño de su amiga, de ser una docente. “Siempre he tenido ese sueño, porque tengo pena de los niños que no saben leer… Eso”, dice, con ternura.

EN AL AULA
Llevamos alrededor de una hora en el campamento. Esperábamos una campana o una señal que indicara que era el minuto de que los niños ingresaran al aula. Sin embargo, nada de eso llegó.

Y claro, bastó con que los profesores arribaran para que los pequeños de inmediato supieran que había llegado la hora de estudiar.

Hombres y mujeres por separado. Y es que así hay más orden, señalan los docentes. Hay diferencias y se nota. Resulta que el carácter intenso del hombre gitano se manifiesta en la sala de clases.

Estuvimos durante algunos momentos viendo el proceso pedagógico a cargo de la profesora Karina Vega, una de las docentes que participa en este proyecto educativo quien, si bien afirma que el tener la oportunidad de enseñarles a estos niños es “una bendición”, asegura que no ha sido fácil. “Finalmente, son todos niños, pero acá va a ser un poco más complejo, porque son más grandes. Ellos quieren aprender y ahí es cuando se ponen un poco ansiosos, porque quieren ir muy rápido y de hecho lo hacen y precisamente ahí está el desafío”, sostiene Karina, mientras de a poco el silencio se apodera de la sala. Y sí. Sin que nos diéramos cuenta, de pronto el grupo de niños inquietos está concentrado desarrollando una de las guías que les entregó la profesora. “Ves, esto es un ejemplo de que en el fondo ellos siempre quisieron aprender, yo creo que estaban esperando la oportunidad… Son muy inquietos, y tiene que ver con su cultura, pelean, pero al rato son amigos de nuevo y vuelven a trabajar”, agrega, la maestra, con algo de orgullo.

SALA DE MUJERES
Junto a la sala de los niños, está la femenina. Allí, el silencio reina desde un comienzo, de hecho la misma profesora, Liz Muñoz, que en ese momento daba clases de matemáticas, reparó en ello. “Es que son más maduras”, acotó. Y parece cierto. En el aula, todas tienen una concentración casi absoluta y están imbuidas en los ejercicios de matemáticas. “Además que esto es su fuerte, pero los hemos ido llevando paso a paso aunque ellos saben mucho de números, pero vamos lento, para que aprendan bien. Y también estamos trabajando mucho el cálculo mental que es lo que más dominan ellos”, agrega la profesora, mientras mira a sus aplicadas alumnas.

En el mismo salón, llama nuestra atención una de las estudiantes. Es la que parece más concentrada y en algún minuto se la vio ayudando a una de sus compañeras.

Su nombre es Esmeralda y es la alumna aventajada de la clase. Ella ha visto en este colegio una verdadera oportunidad de progreso para su vida, por ejemplo, para no ser discriminada. “Acá en La Serena te tratan muy bien, pero en otras partes nos tratan de ladronas, nos siguen en los supermercados, yo creo que eso va a ser diferente con los estudios”, asegura Esmeralda, quien sueña en grande y una vez que logre validar sus estudios continuará. “Quiero ser abogada, ese es mi sueño”, dice la adolescente de 15 años.

UN BALANCE ALENTADOR
Van casi dos semanas y a este proyecto educativo aún le falta demasiado para concluir. Sin embargo, todos están optimistas. Desde los niños, los profesores hasta los padres, de quienes están aprendiendo.

Vicente California es padre de una de las alumnas y valora lo que están haciendo y ha visto cómo en poco tiempo, su hija ya comienza a cambiar hábitos. “Es una gran experiencia la que están teniendo los niños. Yo la he visto motivada, con ganas de aprender mucho, en las noches estudia (…) Está más concentrada, hacen sus tareas. Como nosotros no fuimos a la escuela el que ellas sí vayan es algo muy lindo”, relata el padre, con evidente orgullo. Y quiere más para su hija. “Yo quiero que estudie, lo ideal sería que fuese a la universidad, pero lo que ella quiera hacer yo la voy a apoyar”, sostiene Vicente.

En la carpa de los Meléndez encontramos a una familia completa, llena de orgullo. De allí son dos los niños que a diario salen temprano rumbo al colegio. Susy, tía de los pequeños, expresa su satisfacción por lo que han sido estas dos semanas. “Desde que están yendo a la escuela, los niños han tenido un cambio bonito, porque ya saben leer, o están aprendiendo y eso es muy bueno, aprenden varias cosas. Esto les ha hecho muy bien, están muy motivados. Ahora no se quedan acostados, se levantan temprano y se van a la escuela”, asegura Susy Meléndez.

El pastor de la Iglesia Adventista David Victoriano, quien apoya la iniciativa, se mostró optimista en que finalmente los resultados sean óptimos. “Creemos que esto cada día va a ir siendo mejor, la asistencia se va a ir concretando y esperamos que a fin de año, en noviembre, cuando estos chicos estén dando su examen, podamos tener a jóvenes que tengan aprobado su año escolar. Las ganas de todos están, es cosa de verlos hoy día, en que llovió y sin embargo vinieron casi todos. Eso llena de orgullo y motiva aún más”, afirma Victoriano.

Desde la sociedad educacional Trememn, impulsores del proyecto educativo, su representante legal, Luis Seferino, también expresa que lo que han visto hasta ahora con la iniciativa da para ilusionarse. “Nosotros hicimos esta apuesta, para darle continuidad al trabajo que se había hecho el año pasado, pero esta vez avalado por el Ministerio de Educación, a partir de eso estamos haciendo un trabajo mancomunado (…). Lo que buscamos es bastante ambicioso y lo sabemos, es reinsertar a niños que han estado marginados, al sistema educativo”, asevera Seferino.

Pero el proceso no termina ahí. Así lo afirma el propio líder del proyecto. “Creemos que a través de este proceso que termina en noviembre va a haber jóvenes que van a rendir su validación de estudio, y van a pasar el examen. Pero ahí viene otra etapa importante y es dónde queremos tener éxito. En el mes de diciembre, ellos teniendo esa validación de estudios, van a tener que decidir si quieren o no, reintegrarse al sistema, van a tener todas las facilidades, pero ahí está el desafío ahora también, más allá de lo pedagógico, que logren reencantarse con la enseñanza”, asegura Seferino.

DEPENDERÁ DE ELLOS
Llevamos un par de horas en el campamento. La amenaza de lluvia que hubo en algún momento desapareció. La mayoría de los niños de la comunidad está adentro de las aulas y la tranquilidad en los grandes espacios del terreno así lo denota. “Pero espera a que salgan de clases”, dice una gitana al pasar por nuestro lado. No lo haremos. Bastó sólo un par de horas para darnos cuenta de las ganas que hay allí por aprender, por aprovechar la oportunidad, que la mayoría de los gitanos no tiene. Ahora dependerá de ellos. 





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