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Niñez en los Medios - Deportes y Recreación
Los sueños de fútbol de los niños de El Bosque
Fecha: 23 de julio de 2014
El sábado 19 de julio, la Universidad de Chile realizó una prueba en El Bosque -una de las comunas más pobres de Santiago- para “captar” futuros futbolistas. Llegaron más de 300 niños para competir por un cupo como cadete en el equipo. Nicole acompañó a su hermano Cristopher (14) a probarse. “No se achica el Cristopher, nunca se achica. Yo quiero que él quede porque así vamos a estar todos bien. ¿Qué va a hacer si no es futbolista? ¿Va a vender pasta como el huevón de mi esposo?”, afirmaba la mujer mientras su hermano dejaba el alma en la cancha. Tras toda una mañana de partidos que duraban 12 minutos, sólo 10 niños fueron seleccionados.

Cristopher Cárdenas tenía 13 años cuando abrió a patadas la puerta de un departamento vacío en la población 12 de octubre de la comuna de El Bosque.

Fue hace exactamente un año, en pleno invierno de 2013. Su hermana Nicole Villablanca (26 años) recién había parido su tercer hijo, se había separado de su esposo -traficante y consumidor de pasta base-, y había abandonado la casa de su abuela donde convivía, en menos de 60 metros cuadrados, con otras tres familias. Cristopher decidió que su lugar estaba al lado de Nicole y la ayudó a tomarse el inmueble. Y allí se quedó.

Nicole, comerciante ambulante y jefa de hogar, cuenta la historia la mañana del sábado 19 de julio mientras mira a Cristopher correr de un lado a otro en la cancha del Estadio Lo Blanco, peleando cada pelota, encarando una y otra vez a sus rivales, pasando de defensa a delantero en menos de un minuto, mostrando su juego para ingresar como cadete a la Universidad de Chile. Otra vez el destino de Nicole está en los pies de su hermano menor.

Como Cristopher, han llegado más de 300 niños para competir por un cupo en las inferiores del equipo universitario. Son seis categorías según año de nacimiento (2000 al 2006). Si algún chico tiene condiciones, podrá ir durante una semana a entrenar en el Centro Deportivo Azul (CDA). Luego de ello, el director técnico decidirá si se quedan o no en el plantel. Pero la prueba de fuego son esos 12 minutos en el pasto de El Bosque, 720 segundos en que deben demostrar si tienen o no el potencial para ser profesionales. Y Cristopher, en ese mini partido, no está ni un instante quieto.

-No se achica el Cristopher, nunca se achica. Yo quiero que él quede porque así vamos a estar todos bien. ¿Qué va a hacer si no es futbolista? ¿Va a vender pasta como el huevón de mi esposo?-, inquiere la mujer.

Mario Santelices, preparador y captador del club da dos pitazos. El tiempo ha terminado. El sol es insólitamente feroz para un mes de invierno. Los niños se sientan afuera de la cancha -los ojos bien abiertos, la frente sudorosa, el rostro duro- y esperan el veredicto. Cristopher traga saliva y mira a la tribuna.

JUGUEMOS EN EL BOSQUE

-En los barrios están los jugadores, en los sectores más vulnerables. Los chicos tienen acá la motivación por surgir y su única entretención es el fútbol-, explica Santelices.

Desde hace un tiempo, la Universidad de Chile realiza pruebas masivas en Santiago y regiones buscando nuevas estrellas. Nunca se sabe cuántos menores van a llegar. Tampoco hay cupos garantizados: de 150 niños que se presenten a jugar podrían ser preseleccionados 20 o ninguno. La única regla es “captar” a quienes, además de cualidades técnicas, tienen “garra”. Y eso, explica Santelices -secundado por Cristóbal Rojas, otro “captador”-, no se encuentra en la cota mil, sino en las zonas donde sólo sobreviven los valientes.

“Los mejores jugadores son los que vienen de abajo”, dijo hace unos años Arturo Vidal, volante de la Juventus que gana mensualmente más de un millón de dólares.

En el departamento tomado donde vive Cristopher hoy no alcanza ni para pagar el suministro eléctrico – “había que elegir si pagábamos la luz o el agua, y elegimos el agua”, explica-, pero él también cree que “los mejores pa la pelota” salen de las poblaciones. “Como el Gary Medel o el Alexis”, dice.

Si la adversidad es un requisito para formar la personalidad de un futbolista, El Bosque debería ser una cantera de jugadores. La comuna tiene 165 mil habitantes y si bien el porcentaje de pobreza está en el promedio de la región (11.1%), al 2013, según el ministerio de Desarrollo Social, la remuneración imponible promedio de afiliados al seguro de cesantía era de $487 mil, $163 mil menos que en el resto de la capital. Y en la Prueba de Selección Universitaria de 2012 los colegios de El Bosque promediaron 482 puntos, 19 menos que el nivel metropolitano. La educación no es un fuerte en El Bosque.

Cristopher, por ejemplo, está en séptimo básico en la Escuela Claudio Arrau, compuesta casi exclusivamente por alumnos en condición de vulnerabilidad social. Su colegio municipal marcó en 2013 bajo los 220 puntos en la Prueba Simce de sexto básico. Ese mismo año, el particular Saint George’s College de Vitacura consignó más de 280.

La alta convocatoria del sábado -322 niños esperando hacer magia con un balón-, también se explica por eso: las familias de los sectores de estratos bajos confían en que el talento del niño alcance para que califiquen como cadetes. Si en un par de años llegan a ser profesionales, se solucionará la vida de todo el grupo familiar.

En el pasado, aunque con cifras menos exorbitantes que ahora, la ilusión era la misma. Jorge Toro, ex seleccionado nacional del ’62, primer jugador en ser transferido al fútbol italiano y campeón del torneo nacional de 1985 como director técnico de Cobreloa, lo recuerda así:

-Tenía 11 años en 1950 cuando me fui a probar a las canchas de tierra de Colo-Colo. Me vieron y dijeron que me iban a ir a buscar después. No les creí, pero llegó luego de unos meses Raúl Spencer a mi casa en Sierra Bella, en San Miguel. Yo era el orgullo de la familia y me cuidaron bastante. Habló el dirigente con mi papá y le dijo “cuide a su hijo porque él tiene una fortuna en los pies”, y ahí me convertí en el favorito. Dejé de ayudar en la fabricación de carretelas, coches y ruedas. Éramos diez hermanos, pero a mí me compraban ropa de fútbol. Fui muy feliz, ¿sabe? Hasta hoy soy feliz con el fútbol.

De la división de Toro, de los 20 que se prepararon por más de siete años para ser futbolistas, sólo dos llegaron a ser profesionales.

-Me empezaron a pagar 20 mil escudos a los 17 años. Luego, cuando me iba a meter a la adulta, me subieron el sueldo a 40 mil. Cuando pasé a la Selección, por el Mundial, me hicieron contrato, porque era lo que exigía la Fifa, entonces me empezaron a pagar 800 mil escudos, porque esa plata la invertía la selección, no el club. Después me compró el Sampdoria de Italia. El 85% de esa plata se la llevó Colo-Colo. En esa época, uno no era dueño de su pase, quedaba libre sólo cuando ya estaba viejo.

En 2007, el sistema de esclavitud de los jugadores cambió. Una nueva ley laboral, explica Carlos Soto, presidente del Sindicato de Interempresa de Futbolistas Profesionales (Sifup) estableció contratos de plazo fijo para los futbolistas por un mínimo de un año y un máximo de cinco, y la obligatoriedad de que recibieran un porcentaje por su venta. “Eso fue súper relevante porque entregó derechos que antes no existían”, sostiene Soto.

Con el tiempo también proliferaron las escuelas privadas de los clubes, que tienen el beneficio de probar a sus alumnos para ingresar al fútbol formativo de forma directa con los entrenadores, y creció en parelelo la cantidad de interesados en jugar de forma profesional.

-Existe la expectativa de los padres de los chicos con talento de ganar mucho dinero, pero eso en verdad no es así. Hoy un jugador de la Primera A gana en promedio $1,6 millones y de Primera B, o segunda división, $800 mil. Además, de cada generación de un club, sólo dos o cuatro como máximo llegan al primer equipo. Los sueldos millonarios son de los 23 que forman parte de la selección. Esa es una élite-, agrega el timonel del Sifup.

Jorge Toro formó parte de ese grupo selecto, pero en la época en que ello no significaba mucho en dinero.

-Ganábamos un millón de veces menos. Cuando yo jugaba en la Selección no tenía ni bicicleta, andaba en micro. Sergio Navarro, Luis Eyzaguirre y Leonel Sánchez eran los únicos que tenían auto. El país también era más pobre y los clubes se mantenían con la recaudación del día domingo, no había sponsor, nada, entonces uno se compraba hasta el calzado para jugar. Lo que sí se ha mantenido es que la gente de barrio era la que mejor jugaba.

Diego Arias Muñoz, de 8 años, es uno de esos niños de barrio a los que se refiere Toro. Vive también en El Bosque y fue uno de los últimos en “probarse” el sábado en la categoría 2006.

Su nombre, junto al de otros nueve menores de otras generaciones, quedó registrado en el cuaderno de los captadores. En los primeros días de agosto los elegidos debe presentarse a entrenar por una semana y ganarse un cupo con los cadetes.

-Me emocioné, me gusta mucho jugar-, dice el niño.

Su mamá, Erika, lo reafirma.

-Él es tonto para la pelota, ha quebrado desde chico todo en la casa lanzando el balón y ahora está tan feliz. No me interesa la fama, sino que él sea feliz. Mi esposo es mercaderista en el Líder, gana como $300 mil al mes. Yo soy dueña de casa. Somos cuatro, además de mi hija que ya tiene su familia, y vive en el patio, en una ampliación. Nos alcanza justo, pero nos alcanza, entonces cuando lo traigo a probarse no es para que gane millones cuando grande, es para que haga lo que a él le gusta porque con mi otro hijo, el mayor, no hicimos esto y a él también le gustaba tanto la pelota y ahora tiene que trabajar en algo que no lo llena. Quiero que al menos el Diego sea feliz.

LA GARRA

Antes de informar si alguien será o no elegido para formar parte de las inferiores, Santelices y Rojas repiten un mismo discurso: “Se agradece que estén acá, que quieran formar parte de nuestro equipo y se sobre todo la entrega”.

Luego nombran a quienes sobresalieron en el grupo, en general, dos o tres niños. De la generación del año 2000, a Cristopher lo destacaron por “nunca dejar de pelear ninguna pelota, por pararse en la cancha con fuerza y empuje”. Después de eso, revelan si están o no seleccionados.

A Isaac Barra, nacido el año 2003, también lo felicitaron por “la garra” y luego le comunicaron que estaba dentro de los elegidos.

La familia de Isaac (11) es atípica en El Bosque. Su mamá trabaja como recepcionista en un hotel y su papá es mecánico. En su casa son siete personas en total. Sus dos hermanos mayores están en la universidad y los dos menores en el colegio. Él juega de volante derecho y tenía poca fe en quedar “porque los vecinos me dicen ‘¿cómo tan malo, Isaac?’ si me pierdo un gol y entonces uno empieza a creerles y a dudar, pero parece que soy bueno”.

Isaac junto a Jordan Muñoz de Cerro Navia fueron los únicos de la cosecha de 2003 que quedaron convocados a entrenar. Dos de los diez que podrían cumplir su sueño.

-Me dijeron que quedé porque corría harto, porque no me rendía en ninguna pelota. Mi mamá siempre me ha dicho eso, que este mundo es pa los vivos y pa los que no se rinden, así es que estoy feliz. Hay que seguir entrenando nomás-, afirma Isaac.

Toro, un veterano del fútbol, asegura que el espíritu de batallar es una condición clave para ser profesional y es lo que miran no sólo los clubes, sino también los representantes que se pasean por los torneos inferiores.

-Si ven a alguien con cualidades y vulnerable, lo apadrinan, le dan hasta plata a la familia, pero el pase después es de ellos. Aquí nadie hace nada gratis-, comenta.

Soto lo confirma. “No esta regulado el tema de la ayuda de los manager a los niños. Existe un registro oficial de representantes, deben rendir un examen, pero el apoyo extra oficial a las familias no está prohibido. A veces parten con los chicos a los 10 o 12 años, les dan $200 mil a los padres para ganarse su confianza y luego manejar la carrera, aunque recién se pueda firmar un contrato con un club a los 16 y con autorización de los papás. Así se opera”, destaca el presidente del Sifup.

Los cadetes de la Universidad de Chile reciben entrenamiento gratis y la posibilidad de ser parte del club a futuro. De hecho, desde los 10 años compiten en campeonatos de su categoría a nombre del club. También reciben apoyo sicológico y médico, incluso hospedaje en caso de ser necesario. Pero nada más. Los gastos de traslado al entrenamiento y la alimentación corren por cuenta de la familia o de estos “padrinos”. Muchas veces también los municipios se hacen cargo de esos gastos porque apuestan a que algún día un niño haga lo que ha hecho Alexis Sánchez por Tocopilla: darle reconocimiento e incluso apoyo financiero.

Las expectativas de Nicole son más modestas:

-Si mi hermano Cristopher quedase significaría mucho porque así él no estaría en la delincuencia como estamos en la población. De mis cinco hermanos, él es el único que podría salir de acá.

Mario Santelices, preparador y captador del club da dos pitazos. El tiempo ha terminado. El sol es insólitamente feroz para un mes de invierno. Los niños se sientan afuera de la cancha -los ojos bien abiertos, la frente sudorosa, el rostro duro- y esperan el veredicto. Cristopher traga saliva y mira a la tribuna.

Santelices destaca a tres jóvenes de la generación. De Cristopher resalta su garra. Luego da su sentencia:

-Lamentablemente en esta categoría ninguno está al nivel que buscamos.






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Luis Cortés Olivares
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